
Al hablar de la espiritualidad de una persona, no se puede partir de esquemas prefabricados ni de definiciones. La verdadera espiritualidad corresponde a una opción fundamental de cara a lo real y a la historia, opción capaz de dar sentido definitivo a la propia existencia. Es colocarse, con la ayuda de Dios, en la esfera del Espíritu para recibir respuestas que no siempre coinciden con las nuestras. Es ponerse a la escucha de Dios (ob-audire) para percibir, inspirados en el Evangelio y en los signos de los tiempos, por dónde pasa su voluntad. Es meterse en un camino cuyo origen y polo de atracción es Dios. Es animarse a experimentar a Dios en la vida y asumir en su nombre un compromiso en el mundo. La espiritualidad de una persona se lee en su biografía.
Leyendo la vida de Don Zatti descubrimos en él a un hombre apasionado por Cristo y por la humanidad, al estilo de Don Bosco. No todos los testimonios que hay sobre él tienen el mismo valor. Los testigos, a algunos de los cuales hemos conocido personalmente, prestan su testimonio cada uno desde su concepción particular de la realidad y de la vida religiosa. Pero es muy importante su coincidencia en puntos fundamentales. Trataremos de tener en cuenta también a los testigos, que alejados de la fe e incapaces de comprender el secreto de la santidad de Zatti, han quedado impactados por su figura.
Una descripción global y autorizada del perfil espiritual del santo coadjutor es la del P. Juan E. Vecchi, quien ve como rasgos característicos del Beato “el sentido profundo de Dios y la disponibilidad total y serena a su voluntad, la atracción por Don Bosco y la cordial pertenencia a la comunidad salesiana, la presencia animadora y estimulante, el espíritu de familia, la vida espiritual y de oración cultivadas personalmente y compartidas con la comunidad”. Nosotros trataremos de reducir todo a tres rasgos esenciales, ilustrándolos con datos biográficos de Zatti. Pero en primer lugar tendremos que reconocer en Zatti a un heredero de la concepción salesiana de la santidad, que opta por la transformación de la vida ordinaria en vivencia evangélica. Junto a esta espiritualidad de lo cotidiano, aprendida en la escuela de Don Bosco, se destaca en la vida de Zatti su opción radical por la santidad continuamente renovada.
Espiritualidad de lo cotidiano, al estilo salesiano, impulsada por un ardiente deseo de santidad
Zatti a primera vista aparece como una persona normal, un hombre del pueblo, aunque extraordinariamente bueno. Basta mirar sus fotos, las de sus mejores años de intensa actividad. “Corpulento y de prestancia física” lo caracteriza el P. Feliciano López, quien fuera su director y confesor . Capaz de cargarse sin dificultad a un enfermo sobre sus hombros. Calzaba zapatos número 45. Viril, con un simpático bigote, cabello más bien corto y una sonrisa cautivante. “Franco, comunicativo, optimista, espontáneo, sincero, equilibrado”, según el docente Juan Carlos Tassara . Su cuñada, Augusta Borettini de Zatti, describe de forma muy popular los rasgos más característicos de la espiritualidad de Artémides: “Siempre fue piadoso, alegre y trabajador” . Zatti mismo nos marca las líneas de fuerza de su espiritualidad a través de tres sentencias escritas de su puño y letra, el 20 de diciembre de 1931, en el librito de sus Constituciones: “Ambula coram me, et esto perfectus” (“Camina en mi presencia y serás perfecto”); “Servite Domino in laetitia” (“Sirvan al Señor con alegría”) y “Vir obediens loquetur victoriam” (“El hombre obediente cantará victoria”) . No se trata de anotaciones piadosas, sino de frases que marcan ideales y propósitos que se han cumplido perfectamente en la vida del Beato: toda su vida deseó la perfección de la santidad; su servicio a Dios y a los hermanos lo realizó con alegría; su obediencia a la voluntad de Dios en las distintas circunstancias de su vida fue intachable.
Podemos decir que la espiritualidad de Don Artémides Zatti se apoyaba en la vivencia extraordinaria de las cosas ordinarias de cada día. Su entrega total a Dios y a los hermanos se trasparentaba en todas sus actitudes. Fruto de ese amor a Dios y al prójimo fue la armonía de todas las virtudes y un gran dominio de sí . El P. Juan E. Vecchi, quien no sólo era pariente de Don Zatti, sino que también lo conoció personalmente, lo define como “una personalidad armónica, unificada y serena, abierta al misterio de Dios vivido en lo cotidiano” . El mismo P. Vecchi ve en el Beato como encarnado “el alto grado de vida ordinaria” propuesto por Juan Pablo II en “Novo Millenio Ineunte, 31” .
El esfuerzo por alcanzar la santidad, oculto bajo una gran sencillez y humildad, era el motor de su vida. En un apunte suyo, fechado el 3 de enero de 1949, escribe: “He de procurar hacer todo lo que puedo a Gloria de Dios y bien de mi alma, para no ser lo que he sido y ser lo que debo ser, es decir Santo Salesiano”. El Vicario General de la Congregación Salesiana, Don Pedro Berruti, después de su visita a Viedma en 1933, deja escrito lo siguiente: “Zatti es un santo hermano, que se multiplica con heroico espíritu de sacrificio; en el Hospital él lo es todo, y tanto los médicos como los enfermos lo respetan, le obedecen y lo veneran” . Aun cuando en vida muchos lo consideraban como santo, él nunca se lo creyó. Sabía que el camino de santidad es un proceso. A su sobrina Mariquita que lo llama “santo e incomparable tío” le contesta: “Ofrezco (oraciones) a Dios a fin de que sea verdaderamente santo, como tú me titulas y de ese modo no incurrirás en la excomunión con que la Santa Madre Iglesia fulmina a los que dan título de santo antes de ser canonizado!!! Te perdono los adjetivos que no son calificativos y los tendré siempre en la memoria para que me sirvan de aguijón a fin de acercarme siquiera a lo que tú deseas que sea: santo e incomparable…”.
Desde que conoció a Don Bosco, en contacto cotidiano con el P. Cavalli y otros salesianos de Bahía Blanca, y habiendo leído su biografía, quedó fascinado por su figura. Consideró como una gracia extraordinaria poder asistir a la canonización del Santo Fundador en 1934. Este acontecimiento, del que participó vestido con un traje prestado por el Dr. Domingo Harostegui, redobló sus ansias de santidad. El P. Juan E. Vecchi considera como hilo conductor de toda la vida de Zatti “el seguimiento de Jesús, con Don Bosco y como Don Bosco, en todas partes y siempre” .
Visión sacramental de las personas y servicio incondicional a Cristo en los enfermos y pobres
Para Artémides Zatti toda persona era digna de respeto y hasta de veneración. Por el solo hecho de ser criatura de Dios, “imagen y semejanza” suya (Gn 1, 26-27; 5, 1.3; Sb 2, 23; Si 17, 3), signo-sacramento de Dios, merecía el mayor de los respetos. Escribe el P. Entraigas en su biografía: “Él no desechaba a los musulmanes que llegaban al hospital, ni a los protestantes ni a los ateos, porque ellos le ayudaban a él a ganar el cielo y él les daba a ellos pan, salud y buenos ejemplos” . En 1954 el Hospital se convirtió en noviciado. Los novicios de ese año pudimos conocer todavía a siete ancianitas del tiempo de Don Zatti, que estaban bajo el cuidado de una enfermera muy estimada por el Beato, Doña María (María Danielis), que luego sería Hija de María Auxiliadora. Una de las ancianitas, que tenía más de 90 años, era judía. El Hospital era su hogar, porque no tenía a nadie en el mundo. Todo hombre era para él “memorial” viviente de Cristo e interpelación suya, sobre todo si era pobre (cf. Mt 25, 35-45; 10, 40). Narra Entraigas: “Cuando decía al dirigirse a la ropera: ‘A ver: una muda de ropa para Nuestro Señor…’ es que él veía a Cristo en los pobres enfermos. Zatti pedía lo mejor para sus asilados. ‘A Nuestro Señor hay que darle lo mejor’, solía repetir. Cuando un niñito pobre del campo necesitaba un trajecito para hacer su primera comunión, Artémides lo pedía siempre en esa forma: ‘Un trajecito para Nuestro Señor’. ‘Hermana Graña,-le dijo una vez a la buena enfermera-, ‘prepare una cama para Nuestro Señor’. ¡Había llegado del campo un indio harapiento y tullido!” . Lo mismo recuerda Mons. Carlos M. Pérez: cuando necesitaba ropa para alguno de sus pacientes, le decía a sus bienhechores: “Dame ropa para un Jesús viejito”, o “Dame ropa para un Jesús de 12 años” . Cuando no había camas disponibles, el santo enfermero cedía la suya. Y si alguien moría y no había lugar en la sala mortuoria, para no impresionar a los compañeros de dormitorio, Zatti lo depositaba también en su lecho. Él se acostaba muchas veces en el piso. Después de la demolición del Hospital, y cuando ya no podía recibir a nadie, le oyeron hacer esta consideración: “¿Y si fuera Jesús el que viene en el enfermo?” .
En junio de 1936 llegó al Hospital un paisanito. Zatti lo preparó para la primera comunión que el muchacho recibió en la catedral, con un moño blanco comprado por el Beato en su brazo. Esa misma noche el enfermito llamó a Don Zatti y le dijo: “Me muero, Don Zatti…” Este, a su vez, le dijo: “Y bueno, si te querés morir primero haz la señal de la cruz, ahora junta las manos y luego contento y feliz te vas al cielo: así…sonriendo…sonriendo…”. El muchachito murió con la sonrisa en los labios . El santo enfermero nunca se acostumbró al dolor. “Delante de los enfermos graves bromeaba y reía, a veces, para darles ánimo; pero luego a solas lloraba”.
¿Quiénes eran los privilegiados del Beato? Un muchacho macrocéfalo, cuyo aspecto impresionaba a muchos, y una muda bastante traviesa. El macrocéfalo se sentía orgulloso por el afecto que Zatti le profesaba. Cuando alguien propuso mandarlos a la Capital Federal el santo enfermero se opuso rotundamente: “Estos dos –decía- atraen las bendiciones de Dios sobre el hospital”. A un médico que le objetaba que recibía lo peor, enfermos que otro hospital no habría aceptado, le contestaba: “Para mí es lo mejor…” . Él mismo solía atender los casos más difíciles o repugnantes. Así, por ejemplo, con la ayuda de la Hermana Severina, aseaba personalmente a un enfermo crónico que muy frecuentemente hacía sus necesidades en la cama . “Un hombre se había quemado todo el cuerpo. Los médicos desesperaban de salvarlo. Lo entregaron a Zatti: ‘Haga lo que pueda’, le dijeron. El buen samaritano preparó una pomada de conocida eficacia. Lo embadurnó sin compasión. Lo vendó por completo y lo dejó así. Pasaron 10 días. El hombre despedía un hedor insoportable: ‘Se le pudre vivo’ – le dijo un galeno – ‘sáquele las vendas y lávelo’… ‘Vamos a esperar un poco más’ – replicó Zatti – sabiendo lo que hacía…Cinco días más y le sacó las vendas. El hombre había cambiado de piel. Bajo la piel quemada aparecía otra como de niño….” .
Pero Don Zatti también sabía que Dios quiere la salvación de todos los hombres (cf. 1 Tm 2, 5). En todo momento trató de ser signo e instrumento de esa divina voluntad salvífica. Como Jesús se esforzó por ser médico de cuerpos y almas. Le escribe agradecido el Director de la Obra Salesiana de Stroeder: “Ante todo tengo que felicitarlo por la conversión que hizo en la persona de X….ese de la pierna que le había recomendado. No falta un domingo a Misa y está muy contento” . “Sus palabras impregnadas de amor y caridad, producían más bien que los remedios”, opinaba una religiosa de María Auxiliadora, después de la visita de Don Zatti a una alumna que estaba grave .
Un hecho destacado en la vida de Don Zatti fue la conversión del anarquista chileno Lautaro Montalvo. Este, sumergido en la miseria, sin amigos y rodeado de hijos famélicos y harapientos, fue visitado por el Beato en su choza. Zatti le ofreció sus cuidados, remedios y alimentos, y nunca más lo abandonó. Una vez preparado, Lautaro recibió el bautismo. Luego lo recibieron también sus hijos. Murió un poco después. En el lecho de muerte dijo: “Ahora que estoy bautizado, no sabe cuánto deseo morir”. Y, dirigiéndose al P. Antonio Fernández, añadió: “Pero usted, Padre, haga todo lo que tiene que hacer conmigo: déme los sacramentos que debe recibir un cristiano”. El sacerdote le dio la unción de los enfermos y Montalvo se durmió plácidamente en el Señor .
“Mientras curaba a algún enfermo, aprovechaba para hacerlo rezar: ‘A ver, rece un Padre Nuestro, va a ver que le duele menos…’. Enseñaba catecismo a algún muchacho en la sala grande, en voz alta para que todos oyeran y sin darse cuenta aprendieran los rudimentos de la fe” . Un médico incrédulo – según el testimonio del P. Raúl Entraigas – llegó a decir: “Frente a Zatti flaquea mi incredulidad” . “Él nunca impuso sus creencias a nadie”, observa otro médico que lo conocía bien. Con dulzura y suavidad, con calma y serena paciencia sabía llegar al corazón de los demás . Según el testimonio del P. Antonio Pigat, sacerdote diocesano, raramente ocurrió que alguien muriese sin sacramentos; al máximo uno por año . Era un enfermero educador, que se regía por los criterios del Sistema preventivo de Don Bosco: razón, religión y cariño .
Este modo intensamente evangélico de amar a Dios y a los hermanos con corazón indiviso, se manifestaba en una castidad radiante, portadora de un afecto verdadero y personal. Tenía un notable equilibrio psicológico y una madurez afectiva que lo capacitaba para hacerse todo para todos. Afirma el P. Feliciano López, que fue su superior: “En materia de castidad, Zatti era cordial y reservado, no era remilgado sino franco; pero para los ojos de los que lo veíamos estaba por encima de toda tentación”. Es importante el testimonio del Dr. Antonio Sussini, que tuvo un trato casi cotidiano con el Beato: “Don Zatti fue siempre muy cuidadoso, amable y prudente. Su actitud tan natural y serena en el trato con las mujeres, hacía que jamás hubiera ninguna queja ni ningún falso pudor por la naturalidad con que las trataba. Ninguna mirada, gesto o actitud establecía ninguna diferencia con el trato que daba a los hombres, salvo la mayor delicadeza con que actuaba”. “Y cuando se trataba de hacer curaciones a mujeres, lo hacia con mucha modestia, descubriendo sólo las partes necesarias y poniendo especial cuidado en que estuviese alguien presente. Evitaba las operaciones y las curaciones sobre el cuerpo desnudo o sobre las partes delicadas” . Su concepción del otro como reflejo de Dios e imagen de Cristo no permitía actitudes reñidas con el respeto y la delicadeza. Hablaba el único lenguaje que entiende todo el mundo: el lenguaje del amor.
Laboriosidad incansable santificada por la unión con Dios y la oración
En Don Zatti trabajo y oración eran dos aspectos de un mismo amor. En su persona y en sus actitudes se hacía patente la tan mentada “gracia de la unidad”.
Su incansable dedicación al trabajo por los demás es algo que atraviesa toda su existencia. Al leer su biografía uno queda abrumado por el cúmulo de actividades diarias realizadas con sencillez y esmero, sin desmedro no sólo de la oración personal sino también de la comunitaria. Resulta casi imposible describir las múltiples incumbencias y quehaceres del Beato a lo largo de una jornada. Atención cotidiana a los enfermos de las diversas salas, formación del personal femenino , asistencia a las operaciones, cuidado personalizado de los casos más graves o repugnantes, “consultorio a domicilio” y visitas a enfermos de la periferia, trámites bancarios, malabarismos para cubrir deudas (“Don Pedro, ¿por qué no le presta cinco mil pesos a Dios?” ), ayuda a inmigrantes, resolución de pedidos que llovían de los cuatro puntos cardinales (búsqueda de empleo, recomendaciones varias, medicinas, gomas de auto, fruta y otras cosas de las más inverosímiles), provisiones y mandados para el Hospital y hasta para las casas de formación, correspondencia abundante (con bienhechores, antiguas enfermeras y pacientes…), arreglos de diverso tipo (el arreglo del tanque del Hospital le ocasionó la caída que aceleró las consecuencias nefastas de su última enfermedad), participación en las grandes manifestaciones eclesiales (fiestas, procesiones, encuentros de la Acción Católica y del Círculo Obrero Católico del cual era prosecretario), mediación pacificadora en conflictos y rencillas…. En 1934, para dar un ejemplo, los pacientes internados en el Hospital ascienden a 1001 y los atendidos en el consultorio externo a 13.340 . Además Zatti cuidó siempre la profesionalidad, uniendo el estudio a la experiencia práctica. En 1917 se recibió en La Plata de “Idóneo en Farmacia”. El 12 de junio de 1948 obtuvo el carnet de enfermero (nº 0725) expedido por la Secretaría de Salud Pública de la Nación . “Zatti estudiaba”, le confió el Dr. Sussini al P. Raúl Extraigas . La abundante biblioteca de libros y revistas de medicina que quedaron en la Obra Salesiana de Viedma, después de la muerte de Zatti, testimonia su permanente voluntad de estar al día. Una imprudente “limpieza” de dicha biblioteca, en la década del ’60, nos priva hoy de un tesoro documental. Con todo, el Beato jamás hizo alarde de su saber. En todo se sometía al veredicto de los médicos para ejecutar sus disposiciones. Escondía su profunda ciencia empírica bajo el manto de la modestia .
Su continua unión con Dios es un hecho ampliamente testimoniado. Así lo expresa Mons. Carlos M. Pérez, que fue Inspector de Don Zatti en el ocaso de su vida: “La impresión que yo recibí fue de un hombre unido al Señor. La oración era como la respiración de su alma; todo su porte demostraba que vivía plenamente el primer mandamiento de Dios: lo amaba con todo el corazón, con toda la mente y con toda su alma” . De forma semejante opina el P. Feliciano López: “Era evidente que el Siervo de Dios practicaba una oración continua: en la bicicleta pedaleaba y rezaba; cuando atendía a los enfermos con naturalidad profería expresiones de fe y pronunciaba palabras que elevaban el espíritu, también con los religiosos” .
La eucaristía diaria y la frecuente confesión eran – según la mejor tradición salesiana – el alimento y el sostén de su dinamismo y de su constancia en su sacrificado trabajo cotidiano. El P. Feliciano López declara que la confesión de Zatti era semanal . “El pobre confesor sentado a su lado, se llenaba de confusión y casi de terror al ver a ese ángel que sufría angustias de muerte para arrancar a su alma pura algún pecado de qué acusarse…..” . Esta afirmación es del P. Entraigas, que algunas veces atendió al Beato en el sacramento de la reconciliación. Según la costumbre salesiana de entonces, por más atareado que estuviera, no se perdía la segunda Misa dominical. “La piedad de Zatti hacia la sagrada Eucaristía era fuera de lo común” . “En la adoración al Santísimo y en su oración se notaba, por la concentración que ponía, el interés profundo de poner todo su ser” . En la “Quinta de los curas” (lugar del Hospital después de su demolición en el centro), consiguió tener la bendición del Santísimo a diario . Hizo lo posible para que en las “casas sucursales” del Hospital hubiera celebraciones eucarísticas al menos una vez al mes . Las enfermeras “alguna vez lo sorprendieron a las 5:30, antes de la meditación, prosternado en la capilla y con el rostro pegado al suelo, en profunda oración y anonadamiento ante Dios” . De esa oración íntima, “en lo secreto”, sin ostentación (cf. Mt 6, 5-6), hay múltiples testimonios . En los momentos duros de su vida, con lágrimas en los ojos, buscaba consuelo y serenidad ante el Santísimo. Recuerda el P. Enrique M. Kossman: “Cuando oraba lo hacía recogido, sin afectación. A las 6 de la mañana terminaba su meditación con la comunidad recitando la oración de María Auxiliadora con tono vigoroso” . El domingo por la tarde, “Zatti cantaba siempre las vísperas con el ‘Liber Usualis’ en la mano y lo hacía con tal unción que invitaba a unírsele y a participar de su santa euforia” . Su devoción a María era tierna y filial. A ella le atribuía su curación de la tuberculosis en los años mozos . En la profesión perpetua añadió a sus nombres Artémides, Joaquín, Desiderio, el de María . Mientras andaba en bicicleta solía rezar el rosario o cantar coplas a la Virgen. También se lo vio con el rosario colgando del cuello. Su entusiasmo en las peregrinaciones a Fortín Mercedes era contagioso . Mientras curaba un forúnculo al joven P. Carlos M. Pérez, tarareaba el Magnificat . La devoción a Don Bosco, que tuvo desde que conoció a los salesianos, creció sobre todo después de la canonización del Santo Fundador. Otras devociones suyas eran las de San José y el Ángel Custodio . “Era un erudito en hagiografía. Sabía la vida del santo de cada día” . Su saludo diario a los enfermos era: “Buen día, vivan Jesús, José y María”. También les daba las “Buenas noches”, encendidas en amor de Dios. Se lo escuchó cantar las letanías del Sagrado Corazón y las de San José . No sólo rezaba personalmente; amaba la oración en común, así como la vida de comunidad en general. Era puntualísimo y él mismo dirigía la lectura espiritual, haciéndola gustar . Jamás usó de pretexto su prodigiosa actividad, para eximirse de la oración comunitaria y otros encuentros de la comunidad.
El 27 de febrero de 1951 recibió el viático y la unción de los enfermos, que él mismo había solicitado una semana antes. Previamente renovó sus promesas bautismales y los votos. Quiso que todo se realizara de forma solemne en presencia de los demás enfermos .
Una expresión fuerte de su unión con Dios era su ilimitada confianza en la Providencia. Ni la magnitud de su obra ni su desprendimiento y pobreza personales se entienden al margen de la Providencia. Sabía que Dios era Padre y no le dejaría faltar lo necesario. “Yo no le pido a Dios que me traiga las cosas, – decía - sino que me diga dónde están y yo las voy a buscar” . Como se ve su concepción de la Providencia era activa, al estilo de Don Bosco. Por otro lado, no quería ser obstáculo a la Providencia. “El dinero – solía decir – o sirve para hacer el bien o no sirve para nada” . “Cuando quisieron regalarle un pequeño automóvil, él lo rehusó: ‘No, les dijo, este que tengo no necesita nafta y no para nunca’” . Un hermano coadjutor, el Sr. Brioschi, recuerda: “Don Zatti ha administrado millones y nunca ha gastado un centavo para sí” .
Alegría, optimismo y espíritu de familia
Del corazón de Zatti, lleno de confianza en Dios y de amor hacia los demás, brotaban una alegría y un optimismo que parecían algo connatural en él, como un estado de su alma. Era un hombre feliz, festivo, portador de una gracia nativa. Su proverbial sonrisa era bálsamo y medicina. Su buen humor y sus ocurrencias formaban parte de su estrategia evangelizadora. “Dice uno de sus colaboradores de los primeros tiempos, Don Augusto Rébola, que Zatti ‘se hacía deseable como compañero por sus salidas jocosas y sus cuentos amenos’” .
Un médico que, viéndolo pedalear tranquilo bajo la lluvia, le advirtió que se apurara para no mojarse, tuvo la siguiente respuesta: “¿Y usted cree que el agua de más adelante no moja?” .
Un paisano agradecido le dice a Zatti: “Me despido de usted y déle muchos recuerdos a su esposa, aunque no tengo el gusto de conocerla….El Beato contesta riendo: “Ni yo tampoco”.
A una chica que andaba a base de vitaminas le dice: “Mira: a esta señora la llamamos Catalina de Sánchez, a ti te llamaremos Vitamina de Calcio”.
Cuando veía que algún muchacho tenía un remiendo en las posaderas, solía decir la siguiente cuarteta: Mi madre me hizo un remiendo
en medio del pantalón
y al mirarlo, parecía
la forma de un corazón…
Dos relojes viejos en la sala de operaciones marcaban cada uno una hora distinta. Al médico que se lo hace notar le contesta: “¿Y usted cree que si ambos marcaran la misma hora, yo iba a tener dos relojes?”
Delante de señoritas demasiado preocupadas por su “pinta” solía cantar con música de una copla popular: Tenemos cuando niños
color de rosa,
un cuerpecillo débil
y un alma hermosa:
pero al llegar a viejos,
el cuerpo se broncea,
todo se afea…..
Zatti curaba cantando. Una niñita del Bajo del Gualicho, que tenía terror a los médicos, llegó a decir: “¡Qué güeno este doctor!”…
“’¿Quién nos va a tener contentos ahora?’, decía un anciano cuando lo vio a Don Zatti que andaba amarillo y tambaleándose en los últimos días…”.
Al Dr. Ecay, que quería saber el secreto de su buen humor, le dice: “Es fácil, doctor: tragando amargo y escupiendo dulce”.
Ni en los momentos de prueba y dolor perdía el buen humor. Cuando lo meten preso por la fuga de un encausado del Hospital, él describe los 5 días de la cárcel como las únicas verdaderas vacaciones que había tenido en su vida . Ante el traslado doloroso del Hospital a la Quinta, no sólo no permite que se hable mal de los responsables, sino que muestra optimismo en una carta a Hildegarda, su hermana: “…Estamos en un paraíso terrenal y cuando se hayan hecho las obras que están proyectadas y que en estos días han de empezarse, no habrá hospital ni sanatorio que nos gane!” A un salesiano que advierte el color amarillento del semblante del Beato, debido a la enfermedad, le dice: “Hasta ahora he sido un gorrión; pero ahora me voy trasformando en canario…” .
El humor servía de distensión, animación, enseñanza y hasta de fraterna corrección. No pocas veces lo usaba también como un modo de solicitar ayuda material. A quienes en una ocasión le dijeron que habría que levantarle un monumento, les contestó: “Vean, es mejor que me lo den en efectivo, para algodones, gasa y alcohol”.
En los ejercicios espirituales y en las sobremesas festivas, con la servilleta sobre el hombro, solía leer, a modo de brindis, versos algo prosaicos compuestos por él mismo. Eran una rara mezcolanza de castellano, latín, italiano y a veces también algo de francés. Mientras hacía reír, animaba también al fervor religioso. Aunque era sobrio en el comer (en expresión suya era “más sopero que carnero”), no dejaba de estar presente en la buena mesa de los grandes festejos. Las fotos revelan a veces más que los testimonios escritos. En el ya mencionado libro de Vicente Martínez Torrens tenemos imágenes suyas participando en festejos del Círculo Católico de Obreros, disfrutando de la mesa festiva con ocasión de diversos acontecimientos (fiesta del P. Director de turno, ordenaciones sacerdotales, bienvenida al Obispo Mons. Nicolás Esandi, asamblea de la Acción Católica, agasajo de médicos y bienhechores del Hospital) y gozando de paseos comunitarios (a la Quinta San Isidro, a La Boca, a la Isla Marchesotti) . Le encantaba jugar a las bochas y al truco. Al juego seguía alguna vez la invitación a la confesión. También disfrutaba del teatro. Quedó célebre al actuar en una obra de “chino”. También lo llamaban “el valiente”, por una pieza teatral en la que tuvo que gritar: “Valientes alabarderos”.
No sólo participaba con gusto de los paseos de la comunidad salesiana y de la distensión en familia, sino que él mismo organizaba paseos con el personal del Hospital. Una de sus enfermeras describe así los paseos que se solían hacer a La Boca (actual balneario de Viedma): “Era realmente un día de gran expansión. Allá no nos faltaba nada. Alegría, baños, rica comida y con la buena compañía se nos pasaba el día volando…” . Era magnánimo, generoso hasta el extremo. Hasta hacía préstamos a otros hospitales . Escribe el P. Luis M. Galli: “De Zatti no he oído nada fuera de algún comentario acerca de lo que parecía dadivosidad imprudente o imprevisión, que en él era confianza absoluta en la Providencia y desborde de su caridad” . El lema: “Servite Domino in laetitia” (=Sirvan al Señor con alegría) lo cumplió a perfección.
Conclusión
El Dr. Ecay, que era médico de Patagones, afirmaba refiriéndose a Zatti: “Es el hombre más extraordinario que he conocido en estos 23 años de Patagonia que llevo” .
Nosotros, llamados a la perfección cristiana por el amor, no podemos quedarnos en la mera admiración de la grandeza humana de este “Buen Samaritano”. Más allá de las condiciones cambiadas de nuestro mundo y hasta de la misma vida religiosa, Zatti sigue siendo para todos un estímulo y ayuda en el camino de santificación.
Juan REBOK, sdb.
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